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No es preciso hacer mucho para agradarme mucho

12 de septiembre de 2026

Llevas días sin pedir nada para ti. Y sin embargo sigues dando instrucciones: «atiendan a los invitados, ofrézcanles agua, café, fruta y galletas, denles de comer algo, que estén cómodos». Toda la vida diste así, sin condición, y ahora, camino al último tramo de este viaje, entre las alucinaciones de una batalla que solo tú ves, sigues enseñando lo mismo. «Me espanta la insensibilidad con la que había vivido ante tu grandeza», escribí esa semana, sin darme cuenta bien a bien, hasta entonces, de a quién tenía enfrente.

El miedo es viejo: nació en Guadalajara, a principios de los noventa, cuando vivía solo y las noches de lluvia me hacían imaginar exactamente esto, un hombre de tu talla perdiendo, minuto a minuto, todas sus facultades. Lo que nunca calculé es que la agonía me lo iba a revelar más que toda una vida a tu lado. «Te he conocido y admirado más durante estos días de agonía, que durante mis treinta y seis años de vida que ciegamente te he amado.» Hay padres a los que solo se les ve completos cuando ya se están yendo.

Hay una conversación que vuelve una y otra vez: la primera que tuvimos como grandes. Yo tenía once años, convaleciente de una operación que me había hecho un tío cirujano, en San Luis Potosí —de esos días también recuerdo mi primer circo sobre hielo—. Mi tía me regaló una Biblia infantil ilustrada; mi madre, un librito llamado Quince minutos con Jesús Sacramentado. Me devoré los dos en una tarde, y al día siguiente, cuando llegaste, te los enseñé como trofeos: los había leído completitos, te dije, muy orgulloso.

Te sorprendiste. Te sentaste junto a mí a preguntarme por el contenido, y esa tarde —como te lo dije después— «me escuchaste como a un adulto de a de veras, me veías fijamente y sin seguirme el rollo». Once años, y por primera vez sentí que lo que yo decía le importaba a alguien. Ahí nació, sospecho, mi gusto por la buena conversación: la misma que sostuvimos, con enojos y con paces, los siguientes veinticinco años, y que ya sé que no volveremos a tener.

Pero lo que de verdad quiero dejar aquí ocurrió esa misma tarde. Te pregunté si era cierto lo que decía el librito de mi madre, que empieza así: «no es preciso, hijo mío, hacer mucho para agradarme mucho…». ¿Era cierto que a Dios no había que hacerle mucho para agradarle? Me contestaste, sin pensarlo: «así es mijo, no es preciso hacer mucho para agradar a los ojos de Dios padre ni mucho menos a mi que soy tu padre…».

Te creí. Y ahí, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, quedó firmado algo. No fue una lección de catecismo: fue el primer contrato de mi vida sobre lo que valgo. Un contrato que no pedía desempeño. Solo pedía que existiera.

Y sin embargo pasé buena parte de mi vida adulta poniéndolo a prueba, como si necesitara renovarse cada tanto. «Sencillamente soy quien soy por nuestra relación» —una relación rara, sin nombre exacto en los libros de psicología, que a ratos se pareció a un juego entre el salvador y el perdido. Me la pasé alternando entre dos experimentos: volver a sentirme digno de tu mirada, y comprobar si de verdad no hacía falta ganármela. Qué locura dedicar tantas horas, tantos años, a discusiones que no iban a dar nada. Estaba tan acostumbrado a tu valía que sencillamente la daba por sentada.

Gracias por el nombre que me diste. Por el honor de haber sido tu hijo. Por haberte encargado, especialmente conmigo, de que me tocara vivir mejor que tú. Como siempre dices, «a Dios rogando y con el mazo dando»: tus lecciones siguen aplicándose, incluso esta noche, incluso así.

García Márquez escribió que «Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre». Nadie explica qué pasa cuando es el padre quien empieza a soltar. Yo creo que no suelta nada: solo deja de sostener lo que nunca hizo falta sostener. Porque nunca hizo falta. ¿A quién sigues tratando de agradar tú esta noche? ¿Cuántas horas extra, cuántos méritos acumulados, nada más para sentir lo que ya tenías desde el principio? No es preciso hacer mucho. Nunca lo fue.