Lo que el yo se quita de encima: tres formas de renunciar a lo propio
18 de agosto de 2026
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18 de agosto de 2026
Lleva doce años con la misma tarifa. Sus colegas ya subieron precios dos veces; él dice «lo mío es otra cosa» y sigue cobrando lo que cobraba cuando empezó. En la misma mesa hay alguien que promovió a todo su equipo menos a sí mismo, y una tercera persona que se prohíbe una copa de vino, un fin de semana libre, un gusto pequeño, porque «ahora no toca». Tres personas, tres vidas que se van achicando, y ninguna lo llama por su nombre: lo llaman prudencia, generosidad, disciplina.
El tomo que la colección Comprende la Psicología dedica a Anna Freud describe, en tres lugares distintos, la misma jugada del yo: resolver la angustia por sustracción. No enfrentar el conflicto: hacerse más pequeño. Retirarse del terreno donde se teme perder. Transferir el deseo propio a otro para vivirlo por interpósita persona. Prohibirse el goce en bloque. El precio, que el tomo nombra para el primer caso y que sirve para pensar los otros dos, es «un empobrecimiento antes que un enriquecimiento del yo».
Importa la distinción de origen: esto no es bloqueo. La inhibición neurótica se protege de un impulso interno. Aquí el yo abandona terreno ante una amenaza que vive como externa: una comparación, una culpa, un placer que se siente peligroso.
El primer caso lo cuenta un niño que coloreaba feliz hasta que vio que la terapeuta lo hacía mejor. Desde ahí, dice el tomo, «decidió dejar de "competir"», y a partir de entonces interrumpía cualquier actividad placentera «en el caso de que el resultado no fuese equiparable al del resto». La maniobra exacta, según el tomo: «El yo no se bloquea: abandona una cosa y recupera otra que ya posee, dándole un nuevo impulso». No es que deje de moverse: cambia de terreno cada vez que el terreno actual amenaza con doler.
Y el perfil de quién lo hace es paradójico: afecta más «a los niños más activos y vivaces» —los que más tienen que perder en la comparación—, a quienes «el miedo a fallar y a recibir toda clase de improperios [...] llevaba a rehusar cualquier responsabilidad o compromiso».
El segundo caso es una paciente que de niña deseaba ropa e hijos y de adulta vivía modesta y descuidada. El tomo describe el mecanismo con precisión: los deseos propios, prohibidos por el superyó, se ceden a otro para satisfacerlos por vía vicaria. De ella dice que «vivía las vidas ajenas en lugar de la propia», y el veredicto del tomo no deja margen: «su altruismo era una forma de egoísmo muy elaborada». El origen, según el tomo, está en «un conflicto no resuelto en la infancia, cuando se impuso al sujeto la renuncia a los propios deseos». No es generosidad vincular. Es sustitución de la vida propia por la ajena.
El tercer caso es el adolescente ascético. A diferencia de la neurosis, que rechaza instintos concretos, este «no se preocupa por la "cantidad" de sus instintos, sino por la "calidad"» y desarrolla «una renuencia a disfrutar en general», hasta volverse «un verdadero fanático, un puritano» que mortifica necesidades elementales. No renuncia a un placer. Renuncia al placer como categoría.
Las tres operaciones reducen el perímetro del yo para esquivar el mismo dolor: la comparación, la culpa del deseo propio, la amenaza del propio placer. En las tres, el yo gana tranquilidad y pierde mundo.
Lo que sigue es traslado nuestro, del Instituto, no contenido del tomo.
En el diagnóstico del talento en fuga. Releer la especialización de alguien —«siempre se me dio bien esto»— como posible mapa de huidas, no solo como fortaleza. Preguntar qué se abandonó después de una comparación dolorosa suele decir más que preguntar qué se domina.
En la empresa y el liderazgo. Tres retratos del mismo achicamiento: el que no sube precios ni compite en mercados mayores porque «lo mío es otra cosa» (limitación del yo); el que hace crecer a todo su equipo menos a sí mismo y cede protagonismo de forma sistemática (renuncia altruista); el que confunde disciplina con prohibirse todo disfrute hasta reventar (ascetismo). Ninguno se nombra a sí mismo como alguien que se está achicando. Se nombran prudentes, generosos o disciplinados.
En finanzas y en el trabajo, el mismo patrón que revienta. El ascetismo no discrimina cantidad, discrimina calidad, y esa misma lógica de todo o nada aparece fuera del cuerpo: la austeridad presupuestal que se sostiene meses y termina en un gasto impulsivo que borra el ahorro completo; la jornada de renuncia total —sin pausa, sin límite, sin nada para uno— que termina en abandono del proyecto entero. La restricción absoluta no es la versión extrema de la disciplina. Es su contrario: tarde o temprano revienta, porque no dejó ningún margen que absorbiera el desgaste.
En la sucesión y la empresa familiar. El tomo describe al padre que deposita en el hijo «sus antiguas ambiciones, frustradas». Vale como advertencia: antes de heredar un puesto, conviene preguntar de quién es en realidad la ambición que se está heredando.
Achicarse compra tranquilidad. La factura llega después, y casi nunca a nombre de quien la firmó a diario.
Fuente: Comprende la Psicología (Salvat, 2017; textos de Anna Giardini, Ilaria Baiardini, Barbara Cacciola, Marina Maffoni, Laura Ranzini y Francesca Sicuro), tomo dedicado a Anna Freud. Es una obra de divulgación sobre el autor, no obra primaria: lo que aquí se atribuye a Anna Freud es lo que el tomo le atribuye. Los traslados al acompañamiento, al liderazgo y a la organización son aplicación propia del Instituto Gnozin, no contenido del tomo. Esta pieza es material de divulgación, no orientación clínica: no diagnostica, no sustituye una consulta profesional y no reemplaza una evaluación de salud mental.