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La raíz aún palpita

2 de mayo de 2026

LA RAÍZ AÚN PALPITA

A veces la vida no avisa. Solo te alcanza.
Hoy me alcanzó en forma de imagen. Una foto que alguien me mandó sin saber lo que estaba mandando. Veintiocho años comprimidos en un instante.

Cuatro amigos parados junto a una camioneta pick up, una calle de Culiacán que ya no existe, una luz amarilla de farola que se proyecta casi rosa. Y ahí estaba yo. Quince años, la edad de mi hijo. Sonriendo a algo que la foto no muestra.

Lo primero que sentí no fue nostalgia. Fue un golpe limpio al pecho. Como si el corazón reconociera algo antes que la mente.

Aquí hay verdad.

Me vi y no me juzgué. Y eso, los que me conocen lo saben, no es poca cosa. No me comparé con quien soy hoy. No quise corregirle la postura ni la camisa. No hice lo que llevo treinta años haciendo profesionalmente con los demás: ordenar, interpretar, devolver con sentido.

Solo me vi.
Y me dolió la ternura.

Porque ese muchacho de la foto no estaba intentando ser alguien. Ya era. Y lo era sin saber que lo era, que es la única forma honesta de serlo.

Hay una palabra que llevamos tiempo llamando equivocadamente. La llamamos madurez. Y a veces sí lo es. Pero a veces, si nos atrevemos a mirar de cerca, lo que llamamos madurez es otra cosa.

Es armadura.

Es la arquitectura compleja que construimos para que la vida no nos vuelva a tomar por sorpresa. Para anticipar el golpe. Para que nadie nos vea sin la cosa puesta.

A esa armadura le decimos experiencia. Le decimos prudencia. Le decimos haber aprendido.

Y algo de eso es cierto. Pero también es defensa.

Mírate en una foto de hace veinte años. No idealizada, no editada. Una foto cualquiera donde estabas siendo. Y dime si no encuentras algo parecido a lo que yo encontré: una manera de estar en el mundo sin calcular. Una risa sin fondo. Una mirada sin filtro. Una forma de confiar que no pedía contrato firmado.

A eso es a lo que yo no quiero seguir llamando juventud.

Eso no era juventud. Era ligereza del alma. Y la ligereza del alma no tiene edad. Solo tiene permiso.

He construido. He acompañado a empresarios en sus peores horas. He sostenido procesos largos. He levantado cosas que valen la pena.

Nada de eso lo cambiaría.
Pero hay algo que se volvió más serio de lo necesario.

Más cuidadoso. Más armado. Más vigilante.
Y entonces entiendo, frente a esa foto, que no extraño los quince años. Extraño la manera de habitarme que tenía a esa edad.
Esa sensación de que la vida no estaba en deuda conmigo, ni yo con ella.

Me pregunto cuándo dejé de habitarme así. Y la respuesta honesta es que no lo sé. Tal vez fue gradual. Tal vez fue necesario. Tal vez fue, en parte, el precio justo de crecer.
Pero también sospecho; y aquí va una paradoja que en mi consultorio he aprendido a no apurar; que mucho de ese precio lo pagué de más. Que algunas defensas que monté ya no protegen nada. Que algunas seriedades son herencia, no sabiduría.

Hay una idea que me visita desde hace tiempo y que hoy esa foto vino a confirmarme.
El joven que fui no es un recuerdo.
Es una raíz.
Y si la raíz sigue viva; y además la siento viva, la siento moverse mientras escribo esto; entonces no estoy desahuciado. Estoy, quizás, un poco olvidado de mí mismo.

No quiero volver atrás. No se puede, y además no quisiera. Lo que vino después tiene su valor.
Pero tampoco quiero seguir adelante dejando partes mías en el camino como si fueran sacrificios inevitables del crecimiento.

Quiero reconciliarme. Con ese que fui, sin idealizarlo. Con este que soy, sin endurecerlo.
Quiero que el hombre que construyó vuelva a sentir como sentía el muchacho. Quiero que la experiencia, en lugar de robarme la inocencia, aprenda a protegerla mejor. Quiero que la conciencia me vuelva más verdadero, no más frío.

Y mientras escribo esto, algo se afloja por dentro.

No es solo tristeza. Es una gratitud dolorosa.
Como cuando abrazas a alguien que amas y sabes que el tiempo no perdona, pero sientes que el amor tampoco se pierde.

Ahí seguimos. En esa foto. Riendo como si la vida fuera eterna.

Y hoy, veintiocho años después, entiendo algo que entonces no sabía.
No era que la vida fuera eterna.
Era que nosotros, por un momento, éramos completamente presentes.
Y eso sigue siendo posible.
Solo que ahora me toca elegirlo conscientemente.

Con Dios y contigo:
Gnozin

Publicado originalmente en Facebook el 2 de mayo de 2026. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10163928224773257).