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El desayuno de Bacurimi

6 de junio de 2026

El desayuno de Bacurimi

Llegué a las ocho en punto. No a las ocho y tres, ni a las ocho y cinco, como suele pasar cuando uno dice “en punto” pero deja que la vida negocie unos minutos. Llegué exactamente a las ocho, con esa precisión extraña que a veces tienen los días importantes antes de revelar que lo son.

Carlos Guillermo ya me esperaba. Estaba sentado bajo unos árboles, con la serenidad de quien no espera a alguien sino que custodia un sitio hasta que el otro llega. Me levantó la mano apenas me vio. Ese movimiento breve, familiar, que uno reconoce antes de terminar de verlo.

Él había escogido el lugar pensando en que me gustaría. No se equivocó. Un restaurante campestre en Bacurimi, a unos cientos de metros de la carretera. Lo bastante cerca para seguir dentro de la ciudad y lo bastante apartado para sentir que, al doblar por ese camino, el ruido urbano se había quedado del otro lado, junto con los pendientes, los mensajes sin responder y esa versión de uno que siempre parece llegar tarde a alguna parte.

La luz era mansa. No encuentro otra palabra. Caía sobre las mesas y las botellas verdes como cae una mano sobre el hombro de alguien cansado. De vez en cuando una ráfaga atravesaba el lugar y traía olor a tierra mojada; los jardines acababan de ser regados, y ese olor compuesto de agua, raíz y memoria, parecía venir de una infancia que no sabíamos si habíamos vivido o inventado.

Nos saludamos. Pedimos de beber.

Entre las mesas caminaba un hombre cantando canciones de amor al estilo norteño. Llevaba la voz con dignidad, aunque los pocos comensales fingían no escucharlo. Esa clase de fingimiento educado que a veces duele más que el rechazo abierto. Cantaba para todos y para nadie, y su voz se perdía entre las ramas y el ruido suave de los cubiertos.

Carlos lo observó un momento. A Carlos le gusta mucho cantar, tanto como a mí me gusta escribir. Para cada uno, su propia afición es una habitación secreta donde el alma se repara sin tener que explicar el daño. Él canta y algo en él vuelve a su lugar. Yo escribo y recojo piezas dispersas de mí mismo sobre la mesa.

—A mí me gusta mucho cantar —me dijo—, y no imagino lo que debe de ser vivir de hacerlo mientras otros ignoran tu voz.

Entonces levantó la mano y le hizo una seña. El hombre se acercó. Carlos sacó un billete y se lo extendió.

El cantante recibió el billete con una sonrisa pequeña. No la de agradecimiento automático, sino una de esas que se encienden detrás de los ojos antes de llegar a la boca. Luego siguió caminando entre las mesas con su música a cuestas, como quien carga una lámpara en medio de la mañana.

Ese comentario abrió algo. Las mejores conversaciones casi nunca se planean: una frase empuja a otra, como piedras pequeñas cayendo por la ladera de un cerro hasta formar un camino. Hablamos de cantar, de escribir, de lo difícil que es vivir de una vocación cuando el mundo parece ocupado en otra cosa. De las voces que uno aprende a esconder para no incomodar. De las veces en que preferimos ser eficientes antes que verdaderos.

Y a mitad del desayuno noté algo raro. No en el lugar, sino en mí. Llevaba un buen rato hablando sin vigilarme. No estaba midiendo si lo que decía me hacía ver más lúcido o más entero, no estaba editando las frases antes de soltarlas, no estaba llevando esa contabilidad callada de si lo dicho me sumaba o me restaba. Simplemente hablaba.

Y solo cuando esa voz volvió, ya de salida, supe cuánto pesaba tenerla siempre encendida. La armé yo, de niño, cuando descubrí que ciertas partes de mí incomodaban a los grandes y que era más fácil guardarlas que defenderlas. Me sirvió. Me trajo hasta aquí. El problema es que sirvió tan bien que un día dejé de notar que la llevaba puesta, y la vida entera se volvió escenario: otra función, otra respuesta, otra prueba de que estoy bien.

Con Carlos no. Con Carlos llego sin ella, no porque él sea mejor que los demás, sino porque me conoció antes. Antes de los títulos, antes de las cuentas que pagar, antes de aprender a ponerme la máscara en las juntas. Vio al que yo era cuando todavía no había nadie a quien convencer. Y por eso, frente a él, no tengo que convencer a nadie.

El viento movió las hojas y por un instante la mañana pareció quedar suspendida. El cantante seguía al fondo, ahora con otra canción, una de esas que hablan de alguien que se fue pero sigue ocupando una silla en la casa.

Con un amigo así uno no solo conversa. Uno regresa. A una versión menos defendida de sí mismo, a ese lugar interior donde todavía hay una bicicleta recargada contra una pared y un niño esperando permiso para hablar. No para quedarse a vivir allí, sino para recuperar una llave. Pequeña, quizá oxidada, pero todavía capaz de abrir algo.

Carlos había escogido bien. Tal vez sin saberlo, eligió un sitio hecho para bajar la guardia: la tierra recién regada, la luz tranquila, el cantante atravesando las mesas con su voz ignorada, la carretera lo bastante lejos para no imponerse y lo bastante cerca para recordarnos que el mundo seguía allá afuera, esperando. Por un rato no tuvimos que volver. Por un rato bastó con estar ahí.

Terminamos de comer, y fue muy categórico con la cuenta: yo te invité. Miró el reloj y me dijo que repitiéramos antes de que pasaran otros 20 años. Le dije que sí. Por una vez no estaba calculando si convenía; era, sin más, verdad.

Manejando de regreso pensé que debajo de todo lo que uno aprende a representar sigue sentado alguien en silencio, esperando desde hace años. Y que quizá, cuando por fin nos acercamos, levanta la vista con calma y dice:

—Ah, eras tú. Tardaste bastante.

Gracias Carlos por la insistencia, y sobre todo, por perdonar mi resistencia a la fraternidad de tu compañía.

Con Dios y contigo:
Gnozin

Publicado originalmente en Facebook el 6 de junio de 2026. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10164078317028257).