Despertar

Mi padre murió repentinamente poco antes de que yo cumpliera 37 años. Él tenía 65. Fue un hombre fuerte y sano, trabajador y vibrante que amó la vida y jamás perdió la esperanza en el ser humano. Lo sé porque jamás perdió la esperanza en mi. Mi padre estaba convencido de que la salvación de las personas estaba en alentar su corazón. Decía que tenía pensado empezar a envejecer por ahí de los 80 años.

Quiero ser un viejito “garrudo”.

Jamás una gripe o queja de cualquier tipo que transparentaran vulnerabilidad. Fue repentino haber escuchado su ultima palabra y aliento al oído mientras lo abrazaba, apenas 15 días después de su diagnóstico. Perder a mi padre me afectó de una manera muy profunda. En un parpadeo me quedé huérfano a una edad emocional muy temprana. Me había desarrollado mentalmente leyendo y estudiando de todo. Me mantuve niño e ingenuo sumergido en el mundo de las ideas. Me concentré y dediqué al deleite de aprender leyendo, conversando y reflexionando con mi padre y con el mundo.

Recuerdo perfectamente el día y momento que nació en mi el deseo de leer. Yo tenía alrededor de 4 años cuando me sacaron las anginas. Al despertar de la anestesia, horas después de la operación, a la primera persona que vi en mi habitación fue a la hija de la enfermera. Me lo dijo mientras se bajaba de una silla que le quedaba demasiado grande. Su mamá le había pedido que me acompañara mientras dormía y, que me ofreciera un poco de agua en cuanto despertara. Eso me lo dijo estando parada a pie de cama. Detrás de ella había una ventana por donde se colaba la luz reposada del atardecer que afuera se hundía. Los rayos multicolores que atravesaban sus celosías le daban volumen a sus bucles negros. Mientras escribo esto tomo conciencia que pudo ser efecto de la misma anestesia, pero ese día yo estuve seguro que acaba de conocer a la niña mas bonita del mundo. Lo sentí cuando la vi de cerca al ofrecerme un vaso con agua que tomó de la mesa contigua a mi cabecera. Era de piel blanca y mirada chispeante. Me tomé el vaso entero viéndola a los ojos y ella me sonreía con sincera consideración. Me llamo Dina, me dijo después de dar un pasito para atrás y antes de dar un pequeño brinco con el que partió carrera a avisarle a su mamá que ya había despertado. Al siguiente día, recién salidos de la clínica, camino a casa, mi padre al volante y mi madre va de copiloto. El semáforo está en rojo. Yo voy atrás. Mi madre me llama y señala unas letras plateadas abajo de la ventana trasera del camión urbano frente a nosotros:

Mira Gnozin! ahí dice Dina

Así de claro también recuerdo el día que me sentí conectado con mi padre a través de la conversación. Yo tenía alrededor de 12 años y me encontraba en una clínica de San Luis Potosí a razón de una operación. El Dr. Macías; mi tío Braulio, muchos años atrás programó esa cirugía para cuando se asomaran los primeros signos de pubertad. Sería la primera cirugía del día, con el personal despejado y descansado. Yo ingresé a la clínica la tarde del día anterior. Había algunos procedimientos preparatorios necesarios. Antes de eso mi mamá y mi tía Vicky me dijeron que todo estaría bien, que ellas estarían en oración pidiéndole a Dios. Mi mamá me regaló un libro pequeño titulado 15 minutos en compañía de Jesús sacramentado. Mi tía Vicky me regaló una Biblia Infantil Ilustrada que esa misma tarde devoré. Y el libro de los 15 minutos lo leí y releí hasta que me di cuenta que toman 15 minutos susurrar su lectura. Esa fue mi preparación espiritual para la operación. Mi padre fue a la primera persona que vi al despertar de la anestesia. Tenía la Biblia Infantil Ilustrada en sus manos y me veía como seguramente los familiares vieron a Lázaro recién resucitado. Recién despertaba de una operación que mi padre había perseguido desde el día en que nací. Mi padre estaba contento y le daba gusto de que yo estuviera vivo. Le dije que había leído toda la Biblia en una tarde y él me dijo que yo era un exagerado.

Te puedo decir lo que dice con solo enseñarme de lejos la página que sea.

Mi padre se quedó impresionado con mi capacidad de retención y asociación de ideas. Me empezó a hacer preguntas específicas de datos concretos de la lectura y yo podía decirle incluso el punto exacto de la página en donde se encontraba ese dato.

Eso está escrito en la parte de abajo de una de las páginas de la izquierda.

Ese día nació nuestra conversación acerca de libros e ideas, a la que posteriormente le agregaríamos películas y viajes. Con los años he comprobado que aquellas conversaciones que sostenemos en la linea del tiempo son las que nos transforman. Esa conversación con mi padre duró 25 años hasta el día que murió.

 La reflexión es quizás el factor que más necesito elevar en este momento. Mis procesos mentales aún son muy básicos y primitivos. Con frecuencia son alterados por mis emociones (sensaciones y sentimientos). Son muy raras las ideas que deambulan solitarias en mi cabeza, mas bien se mueven en manadas. Algunas se trasladan como enjambres, otras como parvadas. Tengo marabuntas y hacinamientos de ideas fijas de muchos tipos. Aún me cuesta esfuerzo ser flexible con mis ideas y reflexionar con ellas. Moldear mi mundo interior hasta hacerlo fluido. Necesito reflexionar mejor para domesticar a mi naturaleza combativa e idealista que aún me falta refinar sus modales.

Mi padre murió de repente, cuando yo apenas tenía 12 años emocionalmente con casi 37 de registros y referencias. La conversación que se apagó con la muerte de mi padre fue una caída al vacío y la desesperanza. 15 años antes, cuando yo aún era estudiante de Psicología, no comprendía bien el Instinto de Vida y el Instinto de Muerte, ni sabía de grandes pérdidas. Hoy lo sé, porque recuerdo que en aquel entonces, en mas de una ocasión ironicé con la intensidad del drama con que se cantan las canciones de amor. Y cuando mi padre murió, yo sinceramente sentí que una parte de mi se sumió en un profundo sueño de muerte. Si me sentí morir y supe que una parte de mi vida no era tan mía, también era de él. Al morirse él quedé completamente huérfano, recién casado y con mi primer hija recién nacida. Eso es lo primero que vi en el espejo al despertar el día después que murió mi papá.

Quedo con Dios y contigo:

yosoy@gnozin.com