Papá Psicólogo

“Los niños son educados por lo que el adulto es y no por la charla que siempre suelen dar.”

 – Carl Gustav Jung

Mi nombre es Gnozin Navarro Barreras, tengo 43 años de edad, soy Psicólogo Educativo de profesión, estoy casado y tengo tres hijos de 7, 5 y 3 años. Así es como se me invita a escribir acerca de los vorágines del corazón justo en el punto dónde paternidad y vocación se encuentran.

La razón es simple: existen demasiadas preguntas, dudas e inquietudes en torno a la educación, formación y crianza de los hijos. Todos los días soy abordado por Directores de empresas, Maestros, Padres de familia y Líderes de todo tipo. Papá Psicólogo, una columna semanal para abordar diferentes escenarios, explorar variadas circunstancias y aproximarnos con perspectiva técnica, herramientas sencillas y prácticas efectivas.

Un padre preocupado con el porvenir de su hijo adolescente de bajas calificaciones. Una madre angustiada por su joven hija de baja autoestima que procura el amor en dónde no lo hay. Un hombre que llega vacío y sin propósito a la mitad de la vida suele tener dificultades para conectarse profundamente con sus hijos. Estos son sólo algunos ejemplos que intentaré esbozar en primera persona semanalmente. En algunos de ellos la moraleja saltará a la vista, en otros se requerirá de encubar la idea y esperar a que brote su luz. Soy consciente que al narrar en primera persona puede parecer el colmo del narcisismo. Mejor así que escribir acerca del hermano de un amigo y que alguien mas se sienta aludido. Así las cosas, empecemos con una escena muy común: de cuando los hijos ocultan la verdad.

Apenas el fin de semana pasado mi esposa me comparte una preocupación. En casa de mis suegros existe una recámara para mi familia que acabamos de pintar y una pared ya está firmada con una caligrafía que no corresponde al nombre. Nadie sabe quién fue y me piden que intervenga como Papá Psicólogo. ¿En serio?

Una habitación recién pintada. Una pared firmada. Uno de ellos fue y nadie sabe quién. ¿Es esto un problema? ¿para quién es esto un  problema? ¿qué consecuencias a largo plazo tiene que los hijos nos oculten la verdad? ¿cuáles son las condiciones y circunstancias que posibilitan estas conductas? ¿cuál es nuestra participación como padres para que estas cosas ocurran? ¿cuáles son las ecuaciones mentales que nuestros hijos tuvieron que elaborar para llegar a la conclusión que ocultar la verdad es mejor decirla? ¿cuáles son los sentimientos que nos llevan a ocultar la verdad?

Mientras me hago estas preguntas intento imaginar la escena para calcular el grado de consciencia con el que se ejecutó la travesura. ¿Qué significa esto? Significa que nuestros hijos responden en función de la buena consciencia que les proporcionamos, más que de acuerdo a los dictados de su consciencia individual. Entonces exploro escenarios.

Supongamos que la pared se encuentra firmada con el nombre de Gaía, mi hija mayor. El trazo de su caligrafía no corresponde a la letra de ella. Supongamos que fue ella. Ahora supongamos misma pared, misma firma pero elaborada por Hael, mi hijo varón.

¿En qué medida se trata de una ingenua travesura que pasó a mayores al ser interrogados y hasta qué grado existe una auténtica villanía? Y lo más importante: ¿qué cambios personales necesitamos hacer los padres para construir y vivir en una floreciente cultura familiar? ¿qué lenguaje y trato necesitamos cultivar en nosotros y nuestros hijos?

De esto estaré escribiendo en esta misma columna el próximo jueves. Papa Psicólogo.

Quedo con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com

 

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